Y ya que estamos, este es el texto que presenté al concurso de relato corto con un máximo de 300 palabras de la Euskal Encounter 30 (2022). El tema del mismo fue: reencuentro.
Para que haya un reencuentro primero tiene que haber un encuentro. El encuentro fue casual e improbable, como habitualmente suele ser la vida. Pero más improbables fueron la serie de decisiones que llevaron a que sus vidas se separaran. Él era retraído, tímido, pensativo, calculador y con una atracción natural por su opuesto, y no existía más opuesto que ella: alegre, alocada, cariñosa, sentimientos siempre por encima de la razón.
Pocas palabras bastaron para que ambos sintieran que no había cosa más natural que estar juntos. Igual que ella sentía que él era la nota final que completaba su melodía, él comprendía que ella era el algoritmo sencillo y perfecto que encajaba y hacia encajar su vida.
Pero el miedo les atacó, era demasiado bueno para ser verdad. Él no quiso que ella viera sus tinieblas, a ella sus complejos no la dejaron actuar. Ella pensó que era ella el problema, él que ella se cansó de sus rarezas. El decidió que no la merecía, ella se conformó con algo que se parecía al amor.
Destino se consideró despechada ¿Cómo era posible que hubiera concedido el muy poco frecuente presente a dos almas gemelas de encontrarse en una de sus vidas, y lo hubieran despreciado de aquella manera? Así que decidió a partir de entonces cruzar sus destinos con malicia, y tomó como costumbre que en cada reencuentro uno de ellos fuera libre y el otro no.
Cuatro décadas tardó Destino en perdonar la afrenta. Hoy se volvían a reencontrar tanto tiempo después esta vez por fin libres los dos, pero ahora eran dos personas distintas, que en el ocaso de sus vidas se volvían a encontrar por primera vez; dos desconocidos con una efervescencia propia de la adolescencia provocada por la firme convicción de volver a conocerse.